El Mercurio, 25/03/2012, extracto.-
Juan Manuel Astorga, periodista de radio Duna, preguntó el viernes a monseñor Ezzati si, desde el punto de vista de la Iglesia, debía promoverse en el Congreso un debate sobre el aborto. En cosa de segundos, y como si fuera un automatismo, monseñor dijo que no:
"Una verdad se puede dialogar, pero no se puede poner la verdad en sí misma en discusión. Hay verdades, agregó monseñor, absolutas. Esas verdades se pueden profundizar (...) pero no discutir".
¿Es correcto ese punto de vista de la Iglesia Católica?
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domingo, 25 de marzo de 2012
lunes, 10 de enero de 2011
El matrimonio gay - por Carlos Peña - El Mercurio
emol, 090/01/2011, por Carlos Peña, extracto.-
Tanto la UDI como el senador Allamand discutieron -haciendo alardes de audacia intelectual y política- si reconocer o no la convivencia de gays y lesbianas.
Pero ese debate de audaz no tiene nada. Lo que de veras importa discutir es el derecho al matrimonio de los homosexuales.
Hay varias razones a favor de ese derecho.
Tanto la UDI como el senador Allamand discutieron -haciendo alardes de audacia intelectual y política- si reconocer o no la convivencia de gays y lesbianas.
Pero ese debate de audaz no tiene nada. Lo que de veras importa discutir es el derecho al matrimonio de los homosexuales.
Hay varias razones a favor de ese derecho.
domingo, 26 de diciembre de 2010
El debate sobre el aborto - por Carlos Peña - blogs | El Mercurio
El Mercurio, por Carlos Peña, 26/12/2010, extracto.-
Ricardo Ezzati -recién electo arzobispo de Santiago- sostuvo que no teme discutir acerca del aborto; aunque reclamó un diálogo "que nazca de razones".
¿Cuáles serían las bases del diálogo que monseñor reclama? Las que siguen pueden ser un punto de partida.
Ante todo, es imprescindible reconocer que la vida humana es un valor que interesa a todos. A moros y a cristianos. Y que ello incluye al nasciturus .
Ese valor que se concede a la vida es, sin embargo, un valor prima facie . Porque todos saben que hay múltiples circunstancias en que la vida -incluso la vida adulta- puede ser sacrificada. La guerra justa, la legítima defensa, la pena de muerte o el estado de necesidad son casos que la propia Iglesia alguna vez ha admitido. Y sobra decir -como explica Atienza- que si la vida fuese un valor absoluto, existiría la obligación moral de sacrificar a él todos los otros bienes (incluida la propiedad ajena).
No cabe duda. Invocar el valor de la vida no es un argumento concluyente. Se requieren razones adicionales.
Y es que el valor de la vida es un valor prima facie , a primera vista, no a ultranza, no es un valor que en todas las circunstancias derrote a cualquier otro. Por eso no basta proclamar a la vida como un valor -como a veces lo hace la Iglesia- para justificar la oposición a todas las formas de aborto.
De otra parte, hay cosas que nunca podrán ser dilucidadas. Hay fuentes permanentes de desacuerdo entre los seres humanos.
Una de ellas es el significado del sufrimiento humano.
Ricardo Ezzati -recién electo arzobispo de Santiago- sostuvo que no teme discutir acerca del aborto; aunque reclamó un diálogo "que nazca de razones".
¿Cuáles serían las bases del diálogo que monseñor reclama? Las que siguen pueden ser un punto de partida.
Ante todo, es imprescindible reconocer que la vida humana es un valor que interesa a todos. A moros y a cristianos. Y que ello incluye al nasciturus .
Ese valor que se concede a la vida es, sin embargo, un valor prima facie . Porque todos saben que hay múltiples circunstancias en que la vida -incluso la vida adulta- puede ser sacrificada. La guerra justa, la legítima defensa, la pena de muerte o el estado de necesidad son casos que la propia Iglesia alguna vez ha admitido. Y sobra decir -como explica Atienza- que si la vida fuese un valor absoluto, existiría la obligación moral de sacrificar a él todos los otros bienes (incluida la propiedad ajena).
No cabe duda. Invocar el valor de la vida no es un argumento concluyente. Se requieren razones adicionales.
Y es que el valor de la vida es un valor prima facie , a primera vista, no a ultranza, no es un valor que en todas las circunstancias derrote a cualquier otro. Por eso no basta proclamar a la vida como un valor -como a veces lo hace la Iglesia- para justificar la oposición a todas las formas de aborto.
De otra parte, hay cosas que nunca podrán ser dilucidadas. Hay fuentes permanentes de desacuerdo entre los seres humanos.
Una de ellas es el significado del sufrimiento humano.
jueves, 16 de diciembre de 2010
El aborto lícito - por Carlos Peña | El Mercurio
El Mercurio, por Carlos Peña, 16/12/2010, extracto.-
El proyecto presentado esta semana por Matthei y Rossi debería ser aprobado. Y es que se trata de un proyecto mínimo, que no hiere las creencias de nadie. Incluso los católicos cultos —los pocos que leen a Santo Tomás— debieran prestarle apoyo.
El proyecto deja impune el aborto en dos hipótesis: cuando el feto es inviable y cuando la interrupción del embarazo es la consecuencia de salvar la vida de la madre. No hay nada revolucionario ni transgresor en esta propuesta.
Hasta un santo la endosaría.
El primer caso que contempla es el del feto inviable. Es difícil exagerar el dramatismo de este caso: la evidencia indica que el feto será incapaz de vida independiente y morirá en el vientre materno o apenas alumbre ¿Qué hacer entonces? ¿Obligar a la mujer a perseverar en el embarazo infructuoso o permitirle que lo interrumpa?
El proyecto opta por la segunda alternativa: permitirle que aborte.
Y es que el Estado no tiene razones para obligar a la mujer a mantener un embarazo sin destino. ¿Acaso podría esgrimir la protección de una vida humana independiente? No, puesto que se sabe que no la habrá. ¿Quizá proteger la salud de la madre podría ser una razón? Tampoco, puesto que lo más probable es que obligarla al sufrimiento la empeore. ¿Tal vez proteger las creencias que enseñan que el sufrimiento tiene un sentido trascendente y que soportarlo dignifica? En absoluto. Las creencias no se protegen obligando a la gente a comportarse en base a ellas. Una creencia genuina debe ser capaz de orientar el comportamiento sin llamar en su auxilio a la coacción estatal.
El proyecto presentado esta semana por Matthei y Rossi debería ser aprobado. Y es que se trata de un proyecto mínimo, que no hiere las creencias de nadie. Incluso los católicos cultos —los pocos que leen a Santo Tomás— debieran prestarle apoyo.
El proyecto deja impune el aborto en dos hipótesis: cuando el feto es inviable y cuando la interrupción del embarazo es la consecuencia de salvar la vida de la madre. No hay nada revolucionario ni transgresor en esta propuesta.
Hasta un santo la endosaría.
El primer caso que contempla es el del feto inviable. Es difícil exagerar el dramatismo de este caso: la evidencia indica que el feto será incapaz de vida independiente y morirá en el vientre materno o apenas alumbre ¿Qué hacer entonces? ¿Obligar a la mujer a perseverar en el embarazo infructuoso o permitirle que lo interrumpa?
El proyecto opta por la segunda alternativa: permitirle que aborte.
Y es que el Estado no tiene razones para obligar a la mujer a mantener un embarazo sin destino. ¿Acaso podría esgrimir la protección de una vida humana independiente? No, puesto que se sabe que no la habrá. ¿Quizá proteger la salud de la madre podría ser una razón? Tampoco, puesto que lo más probable es que obligarla al sufrimiento la empeore. ¿Tal vez proteger las creencias que enseñan que el sufrimiento tiene un sentido trascendente y que soportarlo dignifica? En absoluto. Las creencias no se protegen obligando a la gente a comportarse en base a ellas. Una creencia genuina debe ser capaz de orientar el comportamiento sin llamar en su auxilio a la coacción estatal.
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